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Estados Unidos e irán sellan un alto el fuego y acuerdan reabrir el estrecho de ormuz tras meses de tensión

Tras casi cuatro meses de confrontación directa, Estados Unidos e Irán han alcanzado un acuerdo preliminar de paz que prevé el cese inmediato y permanente de las operaciones militares en todos los frentes, incluido el teatro libanés, y la reapertura del estratégico estrecho de Ormuz, arteria vital para el tránsito mundial de petróleo, gas y fertilizantes. El anuncio, realizado la tarde del domingo desde Islamabad por el primer ministro paquistaní, Shehbaz Sharif, marca el desenlace de una semana de extrema volatilidad en la que los bombardeos mutuos pusieron al borde del colapso la tregua nominal vigente desde el 8 de abril.

El memorando de entendimiento, cuyo texto definitivo se rubricará el viernes 19 de junio en una ceremonia a la que asistirá el vicepresidente estadounidense, J.D. Vance, establece un alto el fuego de 60 días para negociar un pacto definitivo. Durante ese período se abordarán el levantamiento progresivo de las sanciones que asfixian a la economía iraní, el futuro del programa nuclear de Teherán, los mecanismos de verificación del cumplimiento y un ambicioso plan de reconstrucción que la República Islámica cifra en al menos 300.000 millones de dólares. Pakistán ha actuado como mediador principal, con el respaldo de Qatar, Turquía y Egipto.

La reacción de los mercados no se hizo esperar: en la apertura asiática el barril de Brent cayó más de un 3 %, situándose en torno a los 84 dólares, mientras el dólar retrocedía frente a las principales divisas. La tendencia se consolidó este lunes, reflejando el alivio de los operadores ante la perspectiva de un flujo petrolero sin obstáculos por el estrecho que conecta el Golfo Pérsico con el océano Índico. Donald Trump, que este domingo cumplía 80 años, celebró el pacto en su red social con un mensaje triunfalista: «¡Barcos del mundo: arranquen motores! ¡Que fluya el petróleo!», aunque matizó horas después que la reapertura total del canal quedará supeditada a la retirada de las minas que Irán desplegó al inicio del conflicto, labor que se completará tras la firma del viernes.

Desde Teherán, el viceministro de Exteriores, Kazem Gharibabadi, confirmó que el documento está ultimado y advirtió que cualquier violación estadounidense será respondida con «medidas propias». La agencia Fars, próxima a la Guardia Revolucionaria, presentó el acuerdo como una victoria iraní al destacar concesiones de última hora: garantías sobre la integridad territorial, el levantamiento inmediato del bloqueo naval a los puertos del país y el reconocimiento de la soberanía compartida con Omán sobre el estrecho. Washington, en cambio, insiste en que la aplicación será gradual y condicionada: los fondos congelados —unos 24.000 millones de dólares, la mitad antes de iniciar las conversaciones nucleares— se liberarán por hitos, especialmente los vinculados al desmantelamiento de instalaciones atómicas. «Serán recompensados económicamente si cumplen; si no, no habrá beneficios», resumió un alto funcionario de la Casa Blanca bajo anonimato.

El camino hasta aquí ha sido una montaña rusa diplomática. La escalada de finales de mayo, con días de intercambios de fuego que sembraron el pánico en los mercados energéticos, llevó a Trump a prometer repetidamente que la paz estaba «al alcance de la mano», sin que el acuerdo terminara de materializarse. La reticencia iraní tras un ataque israelí —cuya naturaleza no se ha detallado oficialmente— provocó la furia del presidente estadounidense, que veía esfumarse su anuncio de cumpleaños. Finalmente, la presión de los mediadores y el coste económico del bloqueo desbloquearon las posiciones.

El trasfondo nuclear sigue siendo la incógnita mayor. El pacto de 2015, del que Trump retiró a EE. UU. en 2018 pese a la certificación de cumplimiento del Organismo Internacional de la Energía Atómica, quedó hecho añicos y Teherán aceleró su programa. Ahora, el memorando abre una ventana de 60 días para diseñar un nuevo marco que, según analistas, podría consagrar una «nueva normalidad» en la que Washington ya no considere automáticamente como casus belli el control iraní de facto sobre Ormuz ni sus operaciones contra vecinos. Sin embargo, la desconfianza mutua es profunda: el régimen debe vender el pacto a una Guardia Revolucionaria fortalecida por la guerra, mientras Trump evita a toda costa comparaciones con el acuerdo que denostó. La firma del viernes será solo el primer paso de una travesía incierta.

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